SUEÑO DE SELVAS


Paul Gauguin definió su propio quehacer plástico con una frase: “procede del espíritu y emplea la naturaleza.” Se refería a la obra que pintó en Tahití. Este artista nacido en París en 1848 tuvo que emigrar a Tahití y luego a las Islas Marquesas, hambriento de sol y aire, lejos del entorno gris de su ciudad y de la gastada bohemia de los artistas de su época.

José Moreno en cambio, nace en Bolivia, donde el Amazonas traza una imperceptible línea fronteriza con Brasil, suyos son, desde que abre los ojos, los verdes desbordantes, las lianas, las flores lujuriosas, las hojas brillantes donde la luz inventa prismas insospechados y las aves, la de plumaje colorido y cantos estentóreos. Ese es el escenario primigenio que desde sus refugios en Cuernavaca o en París, vacía en grandes lienzos vibrantes de luz y color.

Por eso he iniciado este artículo sobre Moreno, hablando de Gauguin, ambos naturalistas, ambos viajeros. “Mais les vrais voyageurs – dice Baudelaire – sont ceux-là seuls que partent pour partir…” (Los verdaderos viajeros, son sólo aquellos  que sólo parten por partir) Así parte Moreno de su natal Bolivia, sólo por partir, porque “El mundo es ancho y ajeno”, como decía Ciro Alegría, o quizá porque lleva a cuestas de pincel su selva, sus pájaros, para mostrarle al mundo como es la naturaleza cuando el hombre aún no ha intentado domeñarla.

Pero también habría que invertir la frase de Gauguin para definir la pintura de Moreno para decir “Procede de la naturaleza y se apodera del espíritu.” ¿Qué puede ser más espiritual que la creación  misma, intocada, impoluta? Ese es el discurso que se adivina detrás de la  pincelada fina y firme de José Moreno.

“Quizá alguna vez fui pájaro – nos dice, medio en broma – siempre sueño que vuelo.” Lo que si es cierto es que parece entender el lenguaje de las aves, compartir su hábitat, y presentir su fuerza y su fragilidad.

Así, con su equipaje de selvas, Moreno se ha abierto paso por las ciudades del mundo, ha expuesto en París, San Paulo, Nueva Cork. Sus lienzos visten los muros de museos, o de grandes coleccionistas de todas las latitudes. Tiene amigos en Puerto Rico, Francia, México, en todas partes. Este boliviano, ciudadano del mundo, no persigue la fama o los reconocimientos. Pinta porque la pintura le es tan natural como el respirar. No se pierde en innecesarias bohemias, o por las complicadas filosofías del conceptualismo.

Con su obra nos muestra que el arte plástico se hace con las manos, con el alma y con oficio, lo que resulta indudablemente refrescante entre tanta instalación y abstraccionismo, “Sólo soy un naturalista”, dice, como si fuera poco importante esa capacidad suya de convertirse en adalid, en defensor de la naturaleza, más aún si pensamos que esta obra se genera en un momento en que el hombre parece empeñado en destruir y destruirse en aras de un consumismo desmedido, de un afán de poder y posesión.

A José Moreno, hay quienes le nombran “El Henri Rousseau latinoamericano”. Debo reconocer que existen algunas coincidencias en la vida de ambos pintores, aunque algo más de cien año separen sus respectivos nacimientos; Rousseau el pintor francés conocido como el Aduanero, nació en 1844; fue un artista autodidacta, sus colores fuertes, diseño planos y contenidos imaginativos fueron ensalzados e imitados por los pintores europeos modernos. Cuando hacía el servicio militar estableció contacto con algunos soldados que habían regresado de México después de la campaña francesa en apoyo del emperador Maximiliano quien reinaba en este país. Sus descripciones inspiraron la exuberancia de las intensas escenas de selva que van a constituir el contenido de muchas de las pinturas de Rousseau. He ahí el fin de las coincidencias: ambos son artistas autodidactas, ambos pintan escenas de selvas y animales y, ambos tienen cada uno en su momento, una liga con México.

Sin embargo, existen grandes diferencias, en Rousseau la selva es un lugar imaginado, onírico. En Moreno es una vivencia real, la obra del primero adquiere por esta razón un carácter surrealista dentro de la composición plana y naive, mientras en la obra de Moreno es expresión de una realidad naturalista. La mayor diferencia la encontramos en el colorido, donde los verdes de Rousseau, como parte de la característica plana de la obra, están limitados en sus tonalidades, mientras en el caso de Moreno cada hoja puede presentar una gama de tonalidades infinitas. Rousseau propone figuras humanas en extraña convivencia con bestias misteriosamente encantadas en una quietud activa. Moreno, por su parte propone un mundo donde el hombre está ausente, el mundo de las aves, en su elemento natural, sin que nadie les robe la escena, donde sus actitudes, sus actividades normales, se tornan en protagonistas únicas.

Tal parece que este pintor, único en su género, nos permite atisbar en sus lienzos, un paraíso perdido, anterior al hombre, o  al menos anterior al momento en que el hombre decidiera someter a la naturaleza a su arbitrio.

María Gabriela Dumay